Cuando la música estridente cesó, parece que nadie se había dado cuenta que hace ya un rato había amanecido, y que mucha gente se dirigía a trabajar en ese barrio extraño, donde a las niñas se les había ocurrido hacer la fiesta de despedida. Dos franceses, que estaban de vacaciones en el país, apenas se tambaleaban para salir a la calle, mientras el resto de la gente en vez de irse, se acomodaban para dormir un poco antes de arrancar a sus casas. Los franceses estuvieron toda la noche cortejando a la anfitriona, pero con su incipiciencia en el español, no habían sacado nada en limpio, y luego de que se acurrucaran en un rincón a fumar un paraguayo, ya todos pensaron que eran gays, y que ninguna connacional podría acercárseles para sacarles un beso o siquiera un agarrón internacional, pues era cosa de mirar sus pupilas con detención y darse cuenta que difícilmente volverían a la realidad esa noche.
Pero ya había amanecido, y ellos fueron los únicos en levantarse e irse. El resto de los asistentes estaba muy cansado para empezar el día con un amanecer.
Caminaron calle abajo hacia la Alameda, que era la columna vertebral de todo extranjero que se metía en esta ciudad, pues allí pasan micros para casi todas partes. En la esquina había dos jóvenes que no iban para ninguna parte. Vestidos de negro, el amanecer los había pillado un tanto sobrios, por lo que decidieron samparse una última caja de vino antes de volver a sus casas.
Uno de ellos era Andrés, artista frustrado, de melena casi roja e ideas neoliberales sobre casi todo, lo único que no soportaba era a los extranjeros.
Y cuando por bromear quizás, saludaron en inglés a los franceses y estos le respondieron en español afrancesado, fue como un insulto o una burla, más encima porque al parecer se sintieron intimidados y los miraron "feo", como más tarde declararía Augusto, el otro joven.
Por detrás, Augusto le dio un tremendo patadón en el trasero que lo llevó a azotar su cabeza contra una reja. Andrés le lanzó la caja con un poco de vino al otro francés, quien sorprendido dio un grito que se ahogó entre los puños de su atacante. Con sangre, con vino, con violencia los extranjeros sucumbían ante la furia desatada de sus victimarios. Por un momento, creyeron que se trataba de un juego, o de una cámara escondida, o de parte de la volada que todavía volvía en espasmos. Pero no, era sangre cierta la que brotaba de sus cuerpos. Y era furia incierta la que expelía de los chilenos.
Cuando ya estuvieron en el suelo, moribundos. Andrés preguntó de una manera cortés e inusual: "¿De dónde eres?" "De Paris" respondió y antes de morir miró el cielo contaminado del amanecer santiaguino. Lo último que escuchó fue "Ah, la capital del arte".
El teléfono del fiscal sonó a las nueve de la mañana. Otro crimen en las cercanías del centro de Santiago lo obligaba a acudir a la brevedad. Alfonso se ajustó el nudo de la corbata con la sensación clara de querer ahorcarse, miró por la ventana de su departamento y constató que mejor sería apurarse antes de que el sol comenzase a arreciar. Encendió un cigarrillo, luego otro en el auto y finalmente un último antes de que su celular sonase. Contestó con tos y dijo que estaba por llegar. Le informaron que habían atrapado a dos jóvenes que presuntamente serían los autores.


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